Me gusta escribir sobre ti.
Literalmente, me refiero.
Es decir, usarte de cartapacio,
recorrer tu espalda con mis dedos
a modo de estilográfica.
Hacer que te estremezcas
deletreando «caricia»,
en la parte anterior de tu antebrazo,
«susurro» en tu cuello
o «paz» en tu vientre.
Pero mi acción favorita
-ahora que hablamos de libros-
es estamparte un beso,
cual exlibris,
bajo tu clavícula
y dejarte una marca
perenne
en el recuerdo.
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